Mientras las horas caen, como granos irrecuperables que se vierten a la nada desde un roto reloj de arena, Javier piensa: “Otra vez solo”.

Miró en derredor, y las estampas no lo ayudaron: parejas de la mano, tragándose a besos; flores plásticas, que entre fragancias de contrabando, esconden su kitsch procedencia y la antinatural incapacidad de volverse mustias en pocos días. 

dscn0960Súbitamente, la maquinaria consumista en torno al Día de los Enamorados lo hundió. Pues, no tan en el fondo, bajo su apariencia de adolescente despreocupado y ajeno a los compromisos y las relaciones duraderas, él también era un romántico empedernido.

Quiso tirar en un foso sin fondo las engalanadas cajas con seis sobrevalorados bombones, cotizadas a 18 pesos cubanos convertibles; desterrar al país de la Aurora boreal a los insufribles osos de peluche que con manos extendidas, y una mueca psicótica y ensayada en su rostro de felpa, ofrecen carteles de “I love you, Eres mi otra mitad, Te amo, Juntos para toda la vida”, y demás parafernalia mercantil exacerbada de forma especial para la celebración de San Valentín.

¿Dónde quedó la simple y extraterrenal confluencia de dos almas que se tocan? ¿Ya no es valorado escuchar juntos el arrullar de las olas cuando rompen salvajes contra la costa? ¿Se perdió la sensación de tener un espíritu amoroso atado al tuyo para toda la eternidad?

O uno de los objetivos de la fecha no es reverenciar a quienes tomaron riesgos para estar juntos, y al sacerdote que incumplió con la ley romana para que los seres amados navegaran entrelazados, y remontaran fortalecidos y acompañados el cauce mismo de la existencia humana: la vida.

dscn0960-marca-pqEntonces, Javier recordó el sexo sin ataduras con Gabriela, desbordante y encendido, y, como tras cada entrega conversaban y sonreían, mientras él apoyaba la cabeza de su cuerpo -aún desnudo- en una de las piernas de ella; al tiempo que ella jugaba, enredando en su dedo anular un mechón del cabello rizado y marrón de él.

Rememoró los pasionales besos de Susana, y cómo entre danza y danza de ambos labios, discutían sobre mandalas, elfos y duendes.

Pensó en la abuela, que con certeza estaría decorando un postre “cheo” y almibarado para agasajar a Cupido con un presente gastronómico, y festejar el día en que, en un completo suicidio de originalidad o un paroxismo romántico, decidió casarse 50 años atrás con el abuelo hoy ausente.

Evocó a sus padres que en menos de 24 horas despertarían y buscarían sus regalos en los mismos lugares de siempre; a su hermano que lanzaría una tregua a sus rivalidades, y entre ambos reinaría entonces bandera blanca en casa.

Añoró a Laura, que en el aula le haría “entrar en caja”, y con dosis de sentido común, cercenaría su -en ocasiones innecesaria- irreverencia; a Luis, Mario y René, los socios perpetuos, compañeros de locuras, encubridores, casamenteros, apañadores …; la risa estridente y cantarina de Amalia; la dulzura cósmica de Vivian; la carcajada contenida de Claudia; los ojos grandes y deslumbradores de Yadira; la agria mímica de Nelson; y de pronto, ya no estaba ni tan vacío, ni se sentía tan roto.

-¡Ño!, pero si cariño, afecto, pasión, compañía, amistad, fraternidad, hermandad, no me faltan-, caviló Javier.

El amor se hace, se entrega, se practica, se da, se regala, se intercambia-, reflexionó.

Tras la apacible estela de un suspiro moroso, dibujó en su mente el posible rostro de su amante por venir; aquella mujer soñada que completaría sus frases y adivinaría sus pensamientos con solo una mirada; tal vez, sería una millennial, y vivirían un tórrido romance a lo “soltero, pero contigo”.

Entonces, eufórico, antes de entrar a casa pasó por el barbero del barrio y en su cabello marcó la forma de un corazón, indicio irrebatible de su pecho abierto y listo para edificar amando; luego, rebuscó en la depauperada billetera del bolsillo trasero izquierdo de su pantalón, y fue a comprar tarjetas de San Valentín para todos sus familiares y amigos.

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