A unos pasos del altar mayor de la Virgen de la Caridad del Cobre, en el santuario que entre montañas santiagueras resguarda la imagen de la Patrona de Cuba, tiene Norma su oasis de bendita agua.

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̶ ¿Eres periodista? ̶   indaga con la sonrisa solemne que le ilumina el rostro y la inmensa serenidad maternal de sus ojos.

Y uno, luego de venerar a la virgen mambisa, a la hacedora de milagros que apareció un lejano y perdido día del siglo XVII flotando en las aguas de la Bahía de Nipe; uno, ensimismado y sobrecogido después de respirar la vetusta brisa colada entre los añejos bancos donde los fieles le piden a Cachita; uno herido por la luz sepulcral y áurea del interior  del ecléctico templo  y mareado  y endulzado por las volumétricas formas que exhibe; solo atina a divagar entre tanto amodorramiento de sentidos y pensar: “¿Ella cómo lo sabe?”.

Olvidas entonces que llevas una cámara de fotos al hombro; que te acompañan seres de pregunta fácil y mirar inquieto; gente que otea cada pétalo de la rosa náutica desentrañando historias, develando misterios.

̶ Tengo una sobrina periodista, es hija de uno de mis hermanos, no sé dónde trabaja… ̶   expresa Norma, y tú sigues absorto, henchido, en la cúspide de una concertación que comenzó segundos atrás ante la inmaculada de dorado.

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Nadie te explicó que luego de conversar con Cachita avanzarías por el pasillo y, con las dos hileras de bancos de la nave central a ambos costados, te sentirías como Moisés y su gente cruzando el Mar Rojo: detrás los demonios, los miedos, la desesperanza, las zancadillas; delante la tierra nueva, la pila de agua bendita adosada al mueble de madera tallada y cubierto con un mantel de lino blanco,  Norma, nuevamente Cachita.

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Norma,  junto a la pila de agua bendita en el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba

̶ ¿Me indica qué debo hacer?  ̶   preguntas apenado.

Ella te explica amorosa, despacio; cada palabra con la misma convicción, con la misma fe.

̶  Hazte la señal de la cruz. Repite conmigo… ̶  y al tiempo que nos fundimos en una plegaria, te rocía con la bendecida agua.

̶  Qué Dios te acompañe siempre, qué nunca dejes de estar al servicio de la verdad, qué tu pluma jamás se seque y no defraudes la confianza que las personas han puesto en los periodistas.

Y respiras profundamente y con los ojos llorosos; miras a tus amigas, ellas esperan su turno en el manantial redentor y están emocionadas.

̶ Siento que Dios está conmigo, ahora necesito un beso y un abrazo para pensar que tengo el apoyo de los seres buenos que como usted pueblan esta tierra  ̶   solo atinas a decir.

Y ella te abraza y te besa: la Virgen de la Caridad ha posado sus labios en tu frente y tu mejilla.

Ella, sobreviviente de naufragios, sismos, temblores; ella que es Cachita y también Oshún; que acompañó a sus hijos en la guerra que en los campos cubanos intentaba conquistarle a España la libertad de la Isla; ella, podrías jurar, dejó el oropel de su vestido fastuoso y el confinamiento de un altar de sirios para en cuerpo maduro de mujer serena, envuelto en un pulóver gastado, blanco como la aureola que la acompaña y con un grabado que dice Consejo de Iglesias de Cuba, despedir bondadosamente a quienes la visitan.

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