Mi amigo, a sus 26, no es feliz. Nos lo confesó en un momento de distensión. Como solo él sabe y puede hacerlo, a través de su prosa desbordada en sentimientos encontrados.

Mi amigo es padre de un pequeño que a los tres años de edad hilvana frases como “Anita me robó mi cumpleaños” y “Voy a lanzarle piedras a la noche”; así como de cientos de crónicas: su sello. Es autor de un libro cuyo título fue robado de un cuento, y anda en noches de desvelo pariendo una próxima novela. Seguramente, más de un árbol ha plantado. Ya posee un peldaño en algún retórico Parnaso.

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Dicen que escribir es desnudarse, y mi amigo sabe de eso, él se pasea en pelotas por su textos; camina indefenso, vulnerable, dueño de la realidad que asesina y nos devuelve en una, dos, tres… cuartillas.  No se lo perdono, cuando lo leo, termino demasiado desamparado y expuesto.

Mi amigo comprendió que el tiempo es un tirano y es tu enemigo, que está roto; y nunca será suficiente para todas las entrevistas a realizar, las crónicas por descubrir, los cuentos a incubar…

Si del tiempo dependiera cada palabra que nos gusta nunca quedaría registrada y guardada en el celular para futuros textos; olvidaríamos los gestos, las muecas, las sonrisas que vemos a diario y resguardamos a nuestros futuros personajes.

Ambos somos esclavos de las listas: las de los discos de los Beatles que nos faltan por escuchar, de los minutos destinados a una nota informativa, o al sencillo recuerdo de que por hoy lo vamos a mandar todo al carajo y simplemente nos sentaremos a descansar.

La infelicidad de mi amigo lo hace editar los libros que caen en sus manos sin disfrutarlos a plenitud.  No goza una película: va analizando planos, contando si en realidad a las ¾ partes del audiovisual ya viene el nudo de la historia.

Es prisionero de la creación. En todo ve palabras, y dice que yo estoy doblemente jodido, pues además de pensar en palabras como él, también lo hago en imágenes.

En la última película que vimos juntos descubrí que mi amigo no ha aprendido a montar bicicleta. De manera jocosa, le dije que “su chama seguro le enseña”.

Pensé, tal vez como el protagonista de la cinta un día descubrimos que su padre no se marchó, que está en un pueblo cercano, trabajando en un cine sin nombre, proyectando películas de vaqueros tontos y traicionados. Con certeza, todo el piquete de socios y socias lo acompañará para ver un final de reencuentro feliz.

Luego, lo pensé mejor, no resultará, pues mi amigo detesta los finales maniqueos.

Mi amigo y yo hemos logrado mucho: él a sus 26 no es feliz, y puede que yo a mis 29, tampoco lo sea.

 

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